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Tuesday, August 18, 2015

Otros visitantes, los controles represivos y una anécdota


La reciente visita del exsenador y Secretario de Estado americano John Kerry, me trajo el recuerdo de los visitantes de la década del setenta y de las medidas de seguridad que tomaba el gobierno, sobre todo las que sufrí en carne propia.

Yo vivía en Marianao (exactamente en la Avenida 41 # 2819, frente al cine Arenal), en un edificio de dos pisos y cuatro apartamentos en una zona congelada. La ruta de la mayoría de los dignatarios visitantes por entonces pasaba por el frente de mi casa. El ritual de la seguridad era el mismo en anticipo al paso de cada caravana, en la cual siempre Fidel Castro se paseaba en un descapotable al lado de su ilustre invitado. El pueblo, como un rebaño obediente, llenaba los costados de la avenida en un despliegue de apoyo popular que comenzaba desde la salida del aeropuerto. No se escatimaban vítores.

Tres días antes de la llegada de la caravana, venían dos compañeros de la seguridad del estado a registrar la casa (esto en un país en donde no se venden armas). Apenas hablaban, ni yo intentaba cruzar palabras con ellos. Luego repetían el registro el día antes y entonces el día del evento, desde muy temprano en la mañana plantaban a un militar en el balcón de mi casa, que se quedaba ahí hasta unos minutos después del paso del comandante y su invitado de turno. Nadie podía entrar o salir de la casa sin su permiso durante el proceso.

Por lo general eran soldados sin rango, no muy jóvenes. Muy serios, eso sí. Yo no les ofrecía ni café. Ellos no iniciaban conversación. En los cuatro apartamentos de mi edificio plantaban uno en cada balcón(aunque mis vecinos de al lado eran unos técnicos rusos y los de abajo un mayor del ejército y unos viejos comunistas que trabajaban de abogados en el ministerio de agricultura o algo así). En la casa de al lado, que era de dos plantas con un apartamento en cada piso, situaban igualmente un militar en cada terraza. En todas las casa de la cuadra hacían lo mismo. Supongo que esto se repetía a lo largo del paso de la caravana, por lo que hay que imaginarse los miles de militares dispuestos para la seguridad del Máximo Líder y el gasto económico de dichas visitas, aunque esto para el gobierno era lo menos importante. Todo un despliegue de control represivo a costa de lo que fuera.

Pero fue durante la visita de Leonid Brezhnev a fines de enero de 1974 que pasé el susto mayor. Resulta que un amigo y yo, decidimos realizar, con una cámara de ocho milímetros y sin sonido, un documental que íbamos a titular Entusiasmo. La idea era filmar las pomposas y solemnes ceremonias de la Plaza de la Revolución y otros eventos similares, desde la perspectiva del público y contrastar esas imágenes con las del “pueblo” participante en las demostraciones, el sudor, el desinterés, el aguardiente pasando de mano en mano y cosas por el estilo. Habíamos filmado el desfile del 2 de enero con mucho susto y con mucha suerte.

Se nos ocurrió entonces que filmar el paso de Brezhnev sería útil para el proyecto. Nos fuimos para la quinta avenida (esa vez no pasaba la caravana por la avenida 41), deteniéndonos frente a la ahora famosa iglesia de Santa Rita, desde donde empiezan los desfiles de las Damas de Blanco. Le echamos el ojo y filmamos a unos milicianos semidormidos bajo la entrada principal a la iglesia, con una cruz casi encima de ellos. A su lado, varios indolentes conversaban o se pasaban un cigarro de mano en mano. Uno tenía una bandera rusa tirada en el suelo, cerca de las cenizas.

La avenida estaba cerrada por ambos bandos, nosotros nos encontrábamos en el paseo que divide las dos sendas. En menos de tres minutos llegó, en sentido hacia el túnel, un jeep Gaz con cinco militares que se detuvo delante de nosotros y del cual saltaron todos menos el chófer. Nos preguntaron si éramos del ICAIC, les dijimos que no, luego que si teníamos acreditación como prensa nacional o extranjera y les repetimos que no. Entonces nos montaron amablemente en el Gaz y nos llevaron, muy apretujados, a una casa cercana, apenas una cuadra más arriba, por la calle 26.

Nos preguntaron el origen de la cámara y se lo explicamos, nos mandaron para un cuarto y nos dejaron solos. Media hora más tarde llegó un militar con grado de teniente y con nuestra cámara en la mano. Nos preguntó que hacíamos allí con esa cámara, que si veníamos de algún centro de trabajo y le respondimos (respondí, porque mi amigo estaba al desmayarse) que éramos dos compañeros espontáneamente entusiasmados con la visita del líder soviético y que queríamos grabar un recuerdo fílmico del evento, ya que contábamos con la cámara.

Nos miró con expresión cínica y sin decir nada, abrió la cámara y le sacó la cinta. Luego la cerró y se retiró. Unos quince minutos más tarde vino un soldado sin grados, nos devolvió la cámara y nos dijo que nos fuéramos, que no se nos ocurriera jamás filmar sin permiso y que podíamos salir a aplaudir, pues el comandante llegaría pronto.

Mi amigo y yo salimos enmudecidos y sin Entusiasmo, poco a poco, con discreción, nos fuimos retirando hasta perdernos de allí.


Roberto Madrigal

1 comment:

  1. Espero que este sea una pagina de tus memorias cubanas !!!!!!!!!!!!!!.........
    Tu amigo del norte

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